sábado, 17 de julio de 2010

La vida es un río

Fotografía: vistas desde el hotel Palacio de la Magdalena (Soto del Barco, Asturias)

(...)
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros, medianos
y más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

 Jorge Manrique 

(Coplas a la muerte de su padre, 1476)


lunes, 22 de marzo de 2010

Tríptico del optimismo

I
Estar.
Aprender que el tiempo
se prolonga por tu espalda.

II
Esta noche
al verte
sólo se me ocurren
todos
los tópicos del mundo.

Y suenan tan bien.

III
Reconozco que quise
caminar por todo el mundo
y por tu espalda,
que aún sueño
con la pampa chilena
-- las montañas surgen como respiraciones --
que aún peco
con la incestuosa idea
de desear la tierra,
de romper con los dientes
la ropa de mis hermanos.

Reconozco que no entendí
más viaje que el balanceo
de tu bolsa y pendiente
-- las niñas siempre miran las orejas --
como una órbita
o un cinturón poco seguro,
y admito que, como Bovary,
yo también dibujo
en París y sus planos
recorridos que no haré
y como ella
yo también puedo sentir
el rumor de sus calles.

Reconozco que mis manos
y mis pies no están sucios
como me gustaría ni tienen
la orografía de otros montes
ni mi piel restos
de mapas en aguafuerte.
Es cierto que quise
compartir picaduras de mosquitos
en Iguazú o una noche de sol
en Laponia.

Reconozco, como quien ofrece
agua en el cuenco de sus manos,
que todos los caminos
acababan en tu espalda,
todas las marcas de tu cuerpo
eran geografía y río
porque aún soy ingenua:
guardo en el cajón
restos del último billete
que usamos para perdernos.


© Sofía Castañón
En Últimas cartas a Kansas
La Bella Varsovia, 2008.





Realización: Señor Paraguas
MMX

lunes, 15 de marzo de 2010

Mirando al mar, soñé...

Desde la costa de Tánger. Convergencia del Atlántico y del Mediterráneo.



Si cuando te veo,
te miro,
¿por qué no verte
                   sin mirarme?
Aguarda,
no son más que miradas,
instantes...
Esperas.
Esperanzas.


miércoles, 10 de marzo de 2010

Hoy tienes en el alma noche de luna llena



Hoy tienes en el alma noche de luna llena,
tu eternidad aúlla detrás del pensamiento,
en las dunas del dolor que hemos dejado atrás
para llegar aquí y estar tan solos.
Encargaré a los pinos que lacren tu conciencia
con resina salvaje,
y entenderás el llanto de los lobos,
los frágiles dialectos de los copos de nieve.

Serás la reina aquí. Serás la enredadera que suba
por el tronco de mis árboles,
serás la milenrama que busquen los enfermos de esperanza.

Vengo del Norte,
de donde las sirenas siguen llamando a Ulises,
de donde los recuerdos se borran con la lluvia,
de donde los destinos se reman con los brazos muy abiertos.
Ella viene conmigo
para daros a luz una provincia de perfumes.
Ella trae las cenizas del gélido nordeste.
Vengo del Norte,
a encender las luciérnagas de vuestra soledad,
a tatuaros la piel con el rumor de los enjambres.
Mi silencio revienta como la pasión de las legumbres.

Aquí extenderemos las paredes de nuestro nuevo mundo
y ella tendrá un estanque y un sueño de pizarra
y unos ojos azules como los dioses áticos.
Quiero que la felicidad desprenda la fragancia
de los albaricoques
y se siente a morir cada tarde un momento.

Si me miráis así seré un poco más viejo que la tierra,
porque vuestras pupilas giran con el vapor de las embarcaciones
en que navegan los antepasados.
Ella tiene dos pueblos hundidos en el alma
y en noches como ésta habla con el acento de los pantanos;
lleva en el corazón un campanario
para que nunca más estéis tan apartados de las golondrinas
y sepáis la hora por su tristeza románica.

Vengo del Norte,
de una aldea tranquila donde la muerte viaja en un tren
de carbón,
de la llamada azul de los afiladores,
de una granja apartada de todos los destinos.

© Aurelio González Ovies
En Vengo del Norte
Accésit Premio Adonáis de Poesía en 1992.
Voz: Sala de Poesía de Yahoo, en el blog Mis cosas ver hablar escuchar
Realización: Catamaram
MMX

sábado, 30 de enero de 2010

Usted seguro que ha sentido vergüenza alguna vez



Usted seguro que ha sentido vergüenza alguna vez
al decir que en su cuarto caía una gotera
o que su pobre madre le hacía el bocadillo
siempre de natas con azúcar -son cosas de la vida-.
Confieso que en mi casa el olor a humedad
era casi entrañable
y todos los domingos se comían garbanzos,
salvo en alguna fecha señalada.
Que lloré muchas veces por no querer llevar
los jerseys con coderas
o no tener un lápiz con enanito arriba.
Confieso que la ropa nos la daban los primos
que ahora son albañiles
y que nuestra familia se rompió por la herencia
de unos metros cuadrados de baldosas con taras -son cosas de la vida-.
Que, a escondidas de todos y hasta los siete años,
tuve el chupete debajo de la almohada.
Confieso que los míos son personas sencillas:
usted sospecha que hablo de un padre que no sabe
lavarse bien los dientes,
de una mujer que escribe con mala ortografía,
de unos hermanos fieles como la misma sangre
y una casa que huele, cada vez que entro en ella,
a las húmedas manos de la melancolía.

Confieso que he nacido donde hubiera elegido
por encima de todo cada vez que naciera.

© Aurelio González Ovies
Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez
Huelva 1992
En Señalados, programa cultural emitido por Teleasturias entre 2oo4 y 2oo6, realizado por Juan Tizón y Sofía Castañón.
Montaje: Catamaram
MMX

viernes, 29 de enero de 2010

Un adverbio se le ocurre a cualquiera




Hemingway cobraba los artículos por palabras. A tanto el término, lo mismo daba que fueran adjetivos que sustantivos, preposiciones que adverbios, conjunciones que artículos. No recuerdo de dónde saqué esa información, hace mil años (cuando ni siquiera sabía quién era Hemingway), pero me impresionó vivamente. En mi barrio había una tienda de ultramarinos, una mercería, una droguería, una panadería, una lechería… Pero no había ninguna tienda de palabras. ¿Por qué, tratándose de un negocio tan lucrativo, como demostraba el tal Hemingway? Para vender leche o pan, pensaba yo, era preciso depender de otros proveedores a los que lógicamente había que pagar, mientras que las palabras estaban al alcance de todos, en la calle o en el diccionario.

Imaginé entonces que ponía una tienda de palabras a la que la gente del barrio se acercaba después de comprar el pan. Sólo que yo las vendía a precios diferentes. Las más caras eran los sustantivos, porque sustantivo, suponía yo, venía de sustancia. Si la sustancia de una frase dependía de esta parte de la oración, lo lógico era que valiera más. Después del sustantivo venía el verbo y, tras el verbo, el adjetivo. A partir de ahí, los precios estaban tirados. Cuando un cliente, en mis fantasías, compraba tres sustantivos, le regalaba cuatro o cinco conjunciones, para fidelizarlo. Mi padre, que era agente comercial, utilizaba mucho el verbo fidelizar. ¿De dónde, si no, iba a sacar yo esa rareza gramatical? En mi tienda imaginaria había también un apartado de palabras inexistentes, para gente caprichosa o loca. Aún recuerdo algunas: copribato, rebogila, orgáfono, piscoteba, aguhueco, escopeja…

El negocio imaginario iba bien. Todo el mundo necesitaba mis palabras. Al poco de inaugurar la tienda tuve que contratar dos empleados porque no daba abasto. Luego compré el piso de arriba para ampliar el negocio, pues llegó un momento en el que la gente me pedía también frases. Puse en el sótano un taller con cuatro gramáticos que se pasaban el día construyendo oraciones. Las había de muchos precios, claro. Las frases hechas eran las más baratas. Recuerdo, entre las que tuvieron más éxito, en boca cerrada no entran moscas y no rascar bola, pero a mí me gustaban mucho también leerle a alguien la cartilla, ser un hueso duro de roer, chupar cámara, pelillos a la mar, o mi sastre es rico. El precio de las frases aumentaba a medida que resultaban menos comunes, o más raras. Por alguna razón que no llegué a entender, había mucha demanda de frases absurdas. Me duelen los zapatos, por ejemplo, los espejos fabrican harina orgánica, o las cremalleras son menos sentimentales que los botones. Con el tiempo tuve que crear un departamento dedicado de manera exclusiva a la construcción de frases absurdas.

La idea de la tienda de palabras y frases me resultó muy liberadora, pues siempre pensé que ganarse la vida era condenadamente difícil. El mayor miedo de mi infancia era el de acabar en una esquina, vendiendo pañuelos de papel. Un día que mi madre, tras suspirar con expresión de lástima, se preguntó en voz alta qué iba a ser de mí, le dije que no se preocupara, pues había decidido que iba a poner una tienda de palabras. Tras meditar unos instantes, me dijo que eso era un disparate y que debía poner mis energías en cuestiones prácticas. Ahí acabó mi sueño de vender palabras. Luego, de mayor, comprobé que los anuncios por palabras constituían un capítulo muy importante en la cuenta de resultados de los periódicos. Pero no le dije nada a mamá, para que no se sintiera culpable.

De todos modos, acabé viviendo de las palabras. No tengo una tienda abierta al público, tal como soñaba entonces, pero me levanto por las mañanas, las ordeno en un papel, las envío al periódico o a la editorial y me pagan por ellas. A tanto la pieza. Una pieza es un artículo. El término pieza se utiliza también entre los cazadores para denominar a los animales abatidos. La semejanza es correcta, pues escribir un texto se parece mucho a cazarlo. De hecho, con frecuencia se nos escapa. La otra noche, en la cama, con los ojos cerrados, pasó volando por mi bóveda craneal un artículo estupendo. Me levanté, cogí un cuaderno que tengo en la mesilla, apunté con el bolígrafo, pero la pieza había desaparecido. Desde la utilización masiva de los ordenadores, contamos los artículos por palabras. Éste que están ustedes leyendo tendrá unas 4.700. Puedo calcular a cuánto me sale la palabra y decir que cobro en plan Hemingway. Pero me sigue pareciendo mal que me paguen lo mismo por un sustantivo que por un adverbio. Un adverbio se le ocurre a cualquiera.

(C) Juan José Millás
Artículo por el que el autor obtuvo el premio Don Quijote de Periodismo 2009.
Publicado en la revista española Inteviú, 4 de mayo de 2009.

jueves, 27 de agosto de 2009

Pulchra leonina


Catedral de León (España): majestuosidad emergiendo en las sombras.

miércoles, 13 de mayo de 2009

¡Basta...!



¡ Basta ¡...
Hoy destruyo mis viejos andamios
plegándome al sismo de mis convicciones.
Lloraré todas mis iras,
reiré todos mis miedos,
me despojaré de manteles gastados y
la última miseria, entre olvidos, cosecharé.

¡ Basta ¡...
Arrancaré uno a uno los ojos insensibles,
brotarán miradas sin nieblas ni desdenes.
Quiero el bautismo de inmensos ladrones ,
ser de papel, de incienso, de humo.
Descubrirme acróbata de mis fortalezas,
libélula de mis tormentas, de mis truenos y relámpagos,
paraíso entre todos mis infiernos.

¡ Basta ¡...
Hurgaré la tierra con mis narices,
con mis palmas, con mis plantas,
me llenaré de atmósfera, seré astro, luna,
despojo cósmico.
Aplaudiré la astucia de crecer entre cáliz y sacramentos,
pernoctaré bajo amaneceres estrellados y
noches de sol.

¡ Basta ¡...
Me voy de mí, huyo de mí,
naufragar en el horizonte,
dejarme ser tuna, lienzo, caracol, nada.
Hoy solo ser hoy,
que las mañanas sean siempre ahora.
Desplegar mis barrotes,
arrancar los quejidos que nunca duelen,
ir a todos los fondos para encontrar mi superficie.

¡ Basta, basta de colgar amuletos!
Abrir la puerta, embriagarme de viento, de polvo, de escarcha,
ser ínfimo desde los gigantes que me invento,
tener en mi piel el moho que denuncie vivencias
y perecer de ganas, de gloria, de instinto.
Me crecerán columnas de indiferentes mausoleos.
Deslizándome entre mis espacios, sabré que la muerte espera:
no acudiré a la cita, iré a buscar a la blanca dama.



(C) Gustavo Tisocco
En Entre soles y sombras
Voz: Orlando Carrafiello
Del cd "Intersecciones"




viernes, 8 de mayo de 2009

Solamente una tarde soñaremos sin rumbo




                                                                         Fue dura la verdad como un arado.
                                                                                                        Pablo Neruda


SOLAMENTE una tarde soñaremos sin rumbo,
aunque soñar es fácil desde vuestra ternura.
Yo también quise ser y alcanzar tantas cosas
como vosotros mismos,
pero al final me tumbo a la sombra del hombre,
a la engañosa sombra de la vida.

Vengo del Norte
y canto la nostalgia de un verano que acaba,
de un pañuelo que dice adiós al horizonte,
de unos ojos que lloran cuando parten los barcos.
Por mi casa pasaban, al rayar la mañana,
pescadores morenos como la idolatría,
hombres con más salitre que el egoísmo del océano.

Soy recuerdo y soy faro
y soy costa que espera vuestros ágiles remos,
vuestro asomo de muelle, vuestra mirada libre.

Aquí merendaremos como en los viejos tiempos,
recordando las hembras que conocimos lejos
y perdieron su fe por el amor de un día.
Beberemos hasta que no sepamos la causa de la noche,
hasta que nos apene nuestro ser miserable
y escupamos el miedo que llevamos a cuestas.

Es muy fácil soñar lo que nunca seremos,
lo que, a pesar de todo, hemos perdido.
Pero es corto el camino, duro como el arado.

© Aurelio González Ovies
Accésit Premio Adonáis de Poesía en 1992.


sábado, 21 de marzo de 2009

Yo también masticaba la cal de las paredes



Yo también masticaba la cal de las paredes
en las tardes de agosto
y creía que sólo se moría en invierno
y no entendía por qué cada vuelta del mundo envejecía a mi madre.
Estuve enamorado de una araña grandísima que vivía en una grieta
de la puerta
y hacía competiciones de gusanos.
El cielo me parecía una carpa gigante
y cuando vi pasar los primeros aviones los ojos se me abrieron
como dos libertades.
Mi padre me enseñó a comprender el viento,
a predecir la lluvia en la piel de los árboles
y por eso he tenido siempre miedo al futuro.
De pequeño, además, yo quería ser gitano
para tener un burro, entre otras muchas cosas,
y caminar descalzo.
Pero la vida nunca acepta nuestros ruegos
y me gustó el latín no sé por qué motivo
y aquí estoy enseñando lo que a veces no entiendo.
¿Qué voy a decir yo de la palabra hombre?,
¿cómo puedo explicar que para que haya historia
hubo que desde siempre ir matando o muriendo?
Conseguí ser mayor y me quité estos vicios a pesar de mí mismo:
y me conformo y callo y voy tirando
y echo de menos mucho la araña de la grieta
y el olor de la cal me es como de familia.
Aprendí, como todos, a amar lo que no amo,
y a hacer, según la norma, lo que todos hacían.

© Aurelio González Ovies
Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez en 1992. 
Voz: Luna
Realización: Catamaram
MMIX